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dra elva leticia perez luque

Andreas Kurz
Director del Departamento de Letras Hispánicas
División de Ciencias Sociales y Humanidades
Campus Guanajuato

Como disciplina académica, la literatura comparada surgió en la segunda mitad del siglo XIX. Como idea y proyecto es más antigua. Quizás su primer impulso se halle en una de las conversaciones de Johann Wolfgang Goethe con su secretario Eckermann. El clásico alemán postuló, alrededor de 1820, que ya no podía haber literaturas nacionales, que había comenzado la época de la literatura universal. Por ende era imprescindible no sólo conocer el propio acervo literario, sino también el de otros países y naciones. En el siglo XIX, el prestigio intelectual y científico de Goethe era avasallante. Se le conocía no sólo como autor del Werther, sino también como investigador de primer rango y experto en temas de biología, física y geología. No es de extrañarse que el método comparativo cobrara un primer auge después de esos dictados de Goethe. Ya no era suficiente concentrarse en una materia, conocer hasta sus detalles más nimios; era necesario comparar objetos de estudio a veces divergentes entre sí. Sólo de esta manera, se pensaba, era posible obtener resultados válidos: anatomía, biología, geografía comparadas. Varias de esas disciplinas tuvieron que rendirse ante la inevitable complejidad de sus contenidos. La comparación como método, sin embargo, sigue vigente. Cotejamos, contrastamos y enfrentamos datos y documentos. Es decir: comparamos. Sólo mediante la confrontación de datos y documentos podemos obtener resultados que pueden aspirar a ser duraderos.

Me dedico desde algunos años a un proyecto de investigación que pretende confrontar textos literarios, historiográficos y autobiográficos producidos en los siglos XIX y XX en México y Austria sobre el tema del Segundo Imperio Mexicano bajo Maximiliano de Habsburgo. Estoy convencido de que sólo la comparación de un corpus de textos lo más amplio posible me permitirá la formulación de resultados que puedan jactarse de ser los productos de un proceso científico, un proceso que requiere de muchos años y que eventualmente entra en conflicto con los requisitos de nuestras academias e instituciones científicas gubernamentales. Sin embargo, de esta manera trato de confirmar los postulados del epistemólogo Karl Popper: no hay diferencia metodológica entre ciencias duras y blandas: nuestras teorías, hipótesis y resultados tienen que ser “falseables”; para poder falsificar es necesario contrastar y comparar. Las diferencias radican en los objetos de estudio, el tipo de datos y documentos, nunca en el método: comparo, ergo investigo.

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